Es bien conocido que existen muchos estudios sobre el impacto en la productividad que el uso de las redes sociales tiene en un trabajador durante su tiempo laboral. Algunos de ellos han determinado incluso el índice de incremento productivo en aquellos que interactúan durante ese periodo. Un estudio de la universidad de Melbourne y distribuido por Kapersky Lab revela que los trabajadores que utilizan las redes sociales en su puesto de trabajo son un 9% más productivos.
Bien, pero ahora yo quiero bajar al plano individual. Sabemos que los procesos de identificación en las redes sociales por parte de los trabajadores suponen tanto una amenaza como una oportunidad, pues en muchos casos los portales de redes sociales poseen mejor información de una persona que el mismísimo departamento de recursos humanos de una empresa. Visto así, ¿me he preguntado alguna vez qué dice mi muro de mí?
Considerar nuestros portales solamente en el área de la prevención quizá sea limitado. La tendencia a la precaución sobre “mi contenido” (la información que publico) ha sido manifiestamente desarrollada en la misma red y fuera de ella. Sin embargo, lo que livianamente podemos considerar un conjunto de relaciones sociales de modo simplista podría llegar a convertirse en un factor determinante a nuestro favor. Lo que extraje de los tutoriales comerciales publicados en este blog y que menciono en ese apartado de “datos personales” también es aplicable en el uso de la red social: vendemos en cualquier ámbito de nuestra vida.
Evidentemente, no es aconsejable considerar que nuestro perfil deba ser una falsa exposición de virtudes que de forma intencionada modifican nuestra personalidad real (no es que alguno pudiese caer, con ese reiterado ejercicio, en un trastorno bipolar aunque más de un caso existirá por ahí) ya que -además- siempre llega el momento de la verdad y nuestra supuesta imagen caerá a la tercera frase pronunciada. Pero sí es conveniente una visión de perspectiva sobre lo que nuestros muros terminan exponiendo de nuestro perfil. Nosotros –no lo olvidemos- hemos escogido que sea público y libremente sometido al criterio del mundo.
Y es que el mundo tiene hoy un plano virtual que incrementa su tendencia. Formamos parte de él y, queramos o no, nuestra imagen nos precede. Podemos ser observados de una forma aproximada, tal cual nos ocurre cuando salimos a la calle: vestimenta, peinado, movimientos, expresiones, maquillaje… La colonia Brummel decía en su slogan que la primera impresión es la que queda aunque esto sólo tenga una sola parte de verdad. Romanticismos aparte, sustituyamos ahora el aroma de un perfume por una pantalla de Facebook y podemos aplicar la misma sentencia, ¿no es así?
Por supuesto, todo criterio particular está sometido a la intención. Esa intención es evidente en los responsables de comunicación, social media managers, community managers o como buenamente queramos definir a quienes tienen por objeto desarrollar esa línea de marketing en la empresa donde trabaja. Ellos tienen un lado (solo uno) que vender. Pero ¿y nosotros? ¿Somos conscientes de que –sin ser “persona jurídica”- podemos llegar a agradecer la consideración que un día tuvimos de nuestros propios perfiles virtuales precisamente como arma y no exclusivamente sometidos a prevención?
Así pues, ¿mi muro “vende”? ¿Y qué “vende” de mí?








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